Welcome to EVAFM | El pecado de escuchar   Click to listen highlighted text! Welcome to EVAFM | El pecado de escuchar
abril 14, 2026
TENDENCIA
imgHeaderAds728x90

Una semana pasó María Eugenia Delgado al pie del Municipio de Guayaquil en 2025 pidiendo ayuda.

No era para ella, sino para una familia de la cooperativa Nueva Esperanza, cuya casa se desplomó y un pedazo de madera se le clavó en la cabeza a un bebé de apenas cuatro meses.

El pequeño fue trasladado al hospital de Monte Sinaí, en el noroeste, donde lo ingresaron a Cuidados Intensivos.

Pero no había insumos para operarlo.

En su desesperación por ayudar, María se plantó en el cabildo hasta que una chica, que la vio varios días, la llevó a la farmacia y compró lo requerido para salvar la vida del menor.

Pero esa no ha sido la única lucha de María Eugenia por su comunidad, a la que considera una gran familia.

 

Ella llegó refugiada desde Colombia. Actualmente tiene 54 años y hace nueve, se instaló en esa zona alejada de Monte Sinaí.

Cuando llegó, organizarse como comunidad fue difícil.

Su primer reto fue ganarse la confianza para agruparse con otras mujeres, vender comida y crear un comedor comunitario especialmente para los menores.

Luego dictaron talleres enfocados a las mujeres para que no sean víctimas de violencia.

Actualmente, en la cooperativa Nueva Esperanza hay 320 familias.

Cuando comenzó a organizar el barrio y los cursos, eran apenas 120.

Contó que en esa zona, no tienen niños sumergidos en el mundo de las drogas o que sean parte de los grupos criminales que están cerca.

“Nosotros hacemos talleres, tardes de películas, fútbol, nos inventamos de todo para que ocupen el tiempo”, dijo.

 

En ese punto del noroeste de la ciudad, se congregaron ecuatorianos, colombianos y venezolanos. 

Unir las culturas fue complicado, “pero se logró”, recuerda. Hicieron ferias de comida y así, se entabló la amistad entre todos para cuidarse y evitar que los grupos criminales se

apoderen de ese espacio.

Uno de sus logros fue la construcción de una pequeña escuelita de dos aulas.

Allí, acuden los niños a reforzar clases de lenguaje o matemáticas con profesores voluntarios o miembros de fundaciones como Hogar de Cristo.

Los más pequeños, dan rienda suelta a su creatividad con pintura, papeles de colores y más.

Luego de las clases, van hasta la casa de María Eugenia, donde otras mujeres de la comunidad -cuando hay recursos- les dan el almuerzo.

Cerca de allí, en un espacio al que le dicen la canchita, removieron nuevamente la tierra para el huerto comunitario.

Maricela Caicedo también vive en la cooperativa Nueva Esperanza.

Destacó la organización de María Eugenia y los espacios creados para aprender distintas actividades y asegurarseque los niños tengan una infancia sana.

 

Además del asedio de bandas criminales a pocos metros, hubo un tiempo en que las autoridades quisieron desalojarlos.

Tuvieron justamente el apoyo y asesoría legal del Comité de Derechos Humanos (CDH) para ganar una acción de protección.

Desde entonces, el CDH está pendiente de las necesidades de la comunidad y ha ayudado a gestionar algunas de las cosas que necesitan para seguir impulsando los talleres

contó Karen Montero, de la CDH.

Liliana impulsó brigadas médicas, charlas y cursos de enfermería.

A poco más de 14 kilómetros de Monte Sinaí, está la cooperativa San Francisco, que tiene de vecino al complejo carcelario de Guayaquil.

Aunque hay calles principales pavimentadas y casas de cemento, hace falta el acceso a la salud.

Esa fue una de las motivaciones de Liliana Larrea, de 39 años, para liderar brigadas médicas en esa zona desde hace nueve años.

Ella ahora cuenta con el apoyo de Misión Alianza Noruega y la Fundación Mariana de Jesús, para poder dotar de medicina preventiva y un espacio donde dar charlas de nutrición

primeros auxilios, psicología, odontología y más. Al año llegan a unas 600 personas, entre mujeres, embarazadas, niños, adolescentes y adultos mayores.

 

Liliana explicó que uno de sus pilares es sacar a los niños de la desnutrición. De 50 menores, logran que más del 50 % alcancen el peso ideal.

Para la difusión de los programas, Liliana ha tenido que recorrer a pie los barrios invitando a la gente al centro médico donde se les hace un control de la presión arterial, insulina y una

evaluación.

En los talleres, han capacitado en primeros auxilios y enfermería a la comunidad.

Con ello, dijo que las personas puedan tener una opción de ingresos económicos al cobrar por poner un suero o inyección.

A Liliana, la violencia no la ha frenado.

Pese a que les ha tocado cerrar algunos espacios como en Bastión, Flor de Bastión y Balerio Estacio, porque los delincuentes no dejaban pasar vehículos con medicinas.

Sabías qué: En lo que va del año, se registran al menos 375 asesinatos en Guayaquil.

Las zonas catalogadas más violentas, están en Nueva Prosperina, Esteros y Pascuales, según datos de la Policía.

 

Por eso, una de sus esperanzas es que más entidades se sumen al proyecto para dotar de servicios médicos a más personas en estas zonas rurales de Guayaquil.

“En cada programa la ayuda que se da son exámenes, atención médica, kits de aseo y alimentos, no es el que quisiéramos, pero es el que podemos por los recursos que tenemos”, contó.

En el caso de las adultas mayores, además de acceder a chequeos, reciben talleres de manualidades, fabrican velas antimosquitos, jabones, detergentes y más, que venden en pequeñas

ferias que organizan para así comprar más insumos.

Liliana también relató que la ayuda psicológica es importante. Indicó que hay muchos casos de violencia intrafamiliar, hombres que abandonan el hogar y dejan a su familia sola, sin recursos

y necesitan ayuda para salir adelante.

Con música, Inés puso color y alegría en la vida de mujeres víctimas de violencia.

Desde una calle en la Isla Trinitaria, sur de Guayaquil, se escuchan las risas y las conversaciones.

Una de las protagonistas es Inés Santos, líder de la fundación Nia Kali, que comparte con otras mujeres a las que llama sus hermanas.

Aunque comenzó con una historia de dolor, la fundación se ha convertido en un espacio seguro y refugio para decenas de mujeres de esa zona de Guayaquil.

También para niños que al salir de clases, buscan recrearse con la pintura y los jóvenes, con la música y los tambores.

Inés vive hace 30 años en la Isla Trinitaria y hace 14 años, empezó poco a poco a luchar para que las mujeres de su comunidad no sean violentadas.

Su hija fue víctima de violencia sexual y el pasar en hospitales y una batalla legal, le dieron fuerzas para impulsar la fundación.

 

En época de pandemia, se organizó para recibir donaciones y ayudar a las familias de la zona.

Poco después de la crisis sanitaria, se formó legalmente la fundación y en una vivienda de una planta, se habilitaron habitaciones para dar clases, pintar, conversar y distraerse.

Nia Kali es una frase africana que significa propósito intenso. 

Actualmente, llegan a 100 familias y 150 niños y jóvenes con las diversas actividades.

La tarde del jueves 5 de marzo de 2026, un grupo de mujeres realizaba carteles para la marcha del 8 M por el Día de la Mujer.

Para poder ayudar a las familias, Inés explicó que han buscado otras organizaciones como la CDH, Acnur, el Banco de Alimentos Diakonía, además de la autogestión.

No tienen horarios, Inés detalló que cuando reciben una llamada de emergencia, un grupo se moviliza para ayudar en cualquier situación incluso de riesgo o incendio, para brindar atención a los afectados.

También han llevado brigadas médicas en otros puntos del sur de Guayaquil y gestionado la dotación de servicios como la recolección de basura que antes no tenían.

“Este tipo de acciones nos ha creado un espacio en la comunidad, que no seamos amenazados y nos permitan trabajar por el bienestar de la gente”, expresó.

Inés ha sido reconocida como mujer del año, un logro que destaca no es de ella, sino de todas. Una de sus principales barreras ha sido la limitante de los recursos, pero han logrado de a poco, solventarse incluso con pequeñas donaciones de comida o materiales para las actividades lúdicas.

Para ella, el poder apoyar también legalmente a las mujeres víctimas de violencia, es un logro personal.

“Tuvimos un caso en el cual, el sobrino de un futbolista fue sentenciado por abusar a una menor.

Se hizo justicia y fue como si mi hija tuvo justicia”, dijo.

A Inés, los menores la llaman tía y las mujeres, mamá.

“Nosotros venimos aquí, conversamos, podemos desahogarnos, contar nuestros problemas, reímos, lloramos, nos abrazamos y nos ayudamos”, contó una de las voluntarias.

Otra de ellas, destacó que no hay discriminación, es venezolana y en la fundación encontró un espacio amigable.

Y sí, Inés, es como una mamá para todos.

A diario, los recibe con una sonrisa cálida y les abre las puertas a un espacio seguro que se convierte en su segunda casa. (I)

Fuente: evafm.net – ecuavisa.com

marzo 7, 2026

Written by:

Click to listen highlighted text!